PÁNICO EN EL RÍO DE LA PLATA

Autor: Miguel Ángel Florentín

Hace unos años, con mi tripulación, empujábamos una barcaza, de 23 m de ancho por 75 m de largo, cargada con contenedores hasta el tope.

El tránsito, como siempre, lo teníamos que hacer de Asunción a Buenos Aires. Esta vez…no llegamos.

Es que, generalmente, la bajada por el rio Paraguay y el Paraná, se hace con normalidad meteorológica pues avanzamos refugiándonos en sus costas y al entrar al Paraná de las Palmas, uno incrementa la atención a las condiciones del tiempo, pues la salida al gigante Rio de la Plata se aproxima.

Este monstruo disfrazado está siempre al acecho.

Es en realidad, un mar que pretende ser río. No lo cruces si hay Sudestada. O si tienes que hacerlo, no desayunes.

FEBRERO DE 2013

Yo ya había renunciado a mi empresa, pero debía cumplir con los treinta días de preaviso que impone la ley laboral.

Al alcanzar Escobar ya tienes que tener tu decisión tomada… Sigues o te quedas a esperar.

El informe de windguru.com y el de la Prefectura no precisaban desajustes. Una brisa del Este nos acompañaría.

Seguir, fue el plan.

EL CANAL EMILIO MITRE

Se extiende por 50 km y fue creado para acortar enormemente las distancias. Gracias a eso, todo se hace más rápido, ya que antes, el tránsito se hacía por el canal Martín García.

El canal Mitre es una maravilla, pero su enemigo es el viento del Este. Todo buque de alta estructura sufre enormemente para mantenerse dentro de esos 130 m de ancho (100 en algunos trechos). Ejemplo: los “auteros” o “car – carriers”.

El terror de los capitanes es que, si bien se cuenta con más de 12 m de profundidad en su eje, a los costados no hay agua. Sobre todo entre los km 40 al 23…

NOSOTROS

Con 160 contenedores acomodados en pilas de cuatro de alto, presentábamos al viento una tentación de cometa, barrilete o pandorga. Éramos hojarasca de otoño si aumentaba esa brisa anunciada.

No creo – me dijo mi primer oficial – los datos que tenemos indican E 18 km/h para la madrugada.

Si –  agregué –  acabo de consultar también con el Servicio Meteorológico Nacional y todo indica lo mismo. Sigamos.

Dormía yo a las 03:15 hs, pero sabía que estábamos por el km 40, que es donde se acaban las costas protectoras para salir a “campo” abierto.

Un silbido se filtraba por mi ojo de buey.

¡No hay comandante que duerma cuando se oye ese silbido!

Pasaron veinte minutos más.

Un fuerte chasquido me indicó que se soltó el remolque. El golpe coincidió con el sonido del teléfono.

Capitán –  decía el piloto – Se soltaron los laterales. El viento del Este ya alcanza 42 km/h (Por experiencia no salimos a ese lugar con 30 km/h).

PREFECTURA

Inmediatamente llamamos a L2G para informar que el remolcador, sólo, estaba “persiguiendo” a la barcaza, que en enloquecida carrera iba a Buenos Aires.

Si lográbamos alcanzarla, planeaba volver a formar convoy, pero cuando estaba por ponerme a su costado, mi sonda me avisó que se acababa la diversión. Mis trece pies de calado eran muy optimistas para ese charco.

En nuestros radares, vimos aterrorizados como semejante bulto avanzaba con temeraria velocidad para, lo que sería, el mayor choque contra escolleras en la historia de la navegación fluvial.

Con el remolcador libre de su compañera, hicimos el Mitre por aguas profundas tan rápido como daba la máquina, pero la barcaza llegó primero. Lo hizo con tan buena fortuna que no se estrelló como suponíamos, sino que fue frenada por el talud natural que se había formado con el tiempo al costado de las escolleras.

Amanecía cuando la gente se empezó a juntar en los muelles para curiosear ante tamaño espectáculo. Una mole gigantesca recostada en las piedras.

Se dejaron ver los fogonazos de los flashes. Reporteros de Clarín y Crónica hicieron mil preguntas. De la televisión, TN noticias destacó un notero esquizofrénico y las lanchas con prefectos que ni desayunaron circulaban a mi alrededor.

LA OFICINA

En la persona del gerente de operaciones se presentó casi al instante de llegar nosotros al antepuerto.

Héctor González, el gerente navegante, tenía mil historias de su propio acervo. Había pasado por cosas así cuando navegaba. Eso no impidió su mirada de reproche.

Dió órdenes precisas: el “Papu Viento”, por su poco calado, ingresaría a la zona de playa para estirar nuestra barcaza.

Siempre agradeceré a ese grupo humano. La tripulación que ayuda sin preguntar. Su comandante, Mariano Billán, con la ayuda de Salvador Sainato, Exequiel Bellizzi, Cesar Barrios, los hermanos Ricardi, Sergio Ferrazano y otros, me sacaron del apuro.

El gerente y yo nos recostamos en una barandilla para meditar. Yo, blanco del susto y de debilidad por falta de sueño, noté que mi mano derecha temblaba de tanto sostener el timón… y lo escuché decir: “Miguel, yo sé que renunciaste hace dos semanas. Pero esta es una vida tranquila. ¿Por qué te quieres ir?”

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