HISTORIAS DEL MAR: LOS BALLENEROS VASCOS

La cacería de ballenas viene desde los orígenes de la raza humana, cuando los hombres prehistóricos se sobrepusieron al miedo a lo desconocido para aventurarse mar adentro en busca del monstruo que escupía un chorro de agua. La carne de una sola ballena podía alimentar una tribu entera a lo largo del invierno, y eso fue un poderoso incentivo. Así, en cavernas paleolíticas de Europa se encontraron arpones de hueso y restos de cuero de ballena cuya antigüedad data del 10.000 AC.

En la tierra de los vascos, en el rincón del Golfo de Vizcaya, existen evidencias que la captura del cetáceo progresó, desde una matanza primitiva y ocasional, a una cacería organizada y regular.

La caza de la ballena ha sido una parte de la vida de los vascos desde la edad de piedra, pero por el Siglo VII AC ya se aventuraban aguas adentro del Mar Cantábrico remando en flotillas de botes pequeños y largos, ataques organizados contra la bestia marina que en su lengua llaman “sarda”.

Todos los otoños, los vascos oteaban el horizonte desde la cima de las elevaciones de la cornisa cantábrica, buscando las concentraciones de ballenas que se acercaban al rincón del Golfo de Vizcaya, desde torres de piedra dotadas de una estufa. Al primer avistamiento arrojaban al fuego fardos de pasto verde provocando humo espeso como señal de alerta.

Abajo, en la playa, otros hombres lanzaban al mar botes tripulados por diez remeros, un timonel y un arponero. Cuando varios botes lograban encerrar una ballena, les disparaban arpones y tridentes guarnidos de finas sogas. El animal, al sentirse herido, acometía contra los botes, pero lo hombres eludían el embate y aprovechaban la cercanía para lanzarle más arpones y flechas.

A veces la ballena lograba volcar alguno de los botes y varios hombres morían ahogados pero, finalmente, el cetáceo terminaba exhausto y sin libertad de movimientos a causa de la enorme cantidad de cuerdas que lo sujetaban, y no podía evitar ser remolcado hacia la costa, donde otros hombres dotados de largas lanzas y grandes espadas le daban fin.

El botín era trozado en porciones pequeñas y repartido en partes iguales entre todos los participantes de la cacería. Algunas se comían fresca en los días inmediatos, pero el resto se salaba para su conservación.

Los cetáceos capturados por los vascos eran del tipo “ballena franca”, de 12 a 15 metros de largo con 38 a 42 toneladas de peso e identificados por un gran maxilar inferior con presencia de ballenas de keratina (la misma sustancia que las uñas humanas) de unos 2 metros de largo.

Los vascos no solamente usaron la carne de la ballena para alimentarse, sino que también hervían la gruesa manta de grasa para extraer el aceite (que después empleaban en lámparas y marmitas). El cuero lo curtían de dos maneras: tipo suela para escudos, corazas y sandalias, o una versión más delgada y maleable tipo loneta impermeable para prendas de vestir. Los fuertes huesos eran convertidos en leznas, buriles y cuchillos mientras las ballenas sirvieron para fustas de caballeros, arcos para los guerreros, armazón para los escudos de cuero, etc.

En la medida en que aumentó la captura, los cetáceos comenzaron a escasear en las costas de Vizcaya y por el Siglo XIV DC los vascos se aventuraban en aguas más lejanas, primero en galeras a remo de modelo romano y, luego, en naves redondas similares a las carracas, de unos 20 metros de eslora, 8 de manga, fondo redondo, arboladas con dos mástiles y carentes de bauprés. Con estas naves, los vascos faenaron tan al Norte como las islas Faroe y alrededor de Spitzbergen en el Mar Ártico.

La dotación de la carraca era de unos 40 hombres, que subsistían en base a carne seca, pan y sidra (que embarcaban para beber en lugar de agua).

Al avistar el cetáceo, se bajaban botes para arponearlo y llevarlo junto al casco del buque, donde el animal era mondado, la carne guardada en barricas con sal y el manto adiposo almacenado en cajones para ser llevado a puerto.

El clima de esas latitudes era lo suficientemente frío como para conservar la carga sin descomponerse, pero para el momento de llegar a puerto, en la costa vizcaína, el hedor de la grasa a medio pudrir era notorio.

Durante tres siglos las carracas vascas surcaron el Atlántico boreal. Pero a principios del Siglo XVII ingleses y holandeses descubrieron el lucrativo mercado de la caza de ballenas, involucrándose en una rivalidad naval y comercial por el dominio del mercado de aceite de ballena, introduciéndose en el negocio con celo mercenario y comenzaron por contratar arponeros y faeneros vizcaínos.

Para mediados del siglo, Holanda contaba con unos 200 buques balleneros e Inglaterra con un poco menos. Mientras tanto, el suelo de los vascos era el campo de batalla de Francia y España y sus factorías fueron destrozadas durante las correrías bélicas. Así, los balleneros vascos terminaron de empleados de quienes les habían robado el mercado.

Los aprendices ingleses y holandeses pronto dominaron el arte y la técnica de la caza de ballenas, y entonces echaron a sus maestros. Asegurado el control de la captura y la industrialización, las dos naciones fueron capaces de ponerse de acuerdo para proscribir a los vascos de las aguas boreales, hundiéndoles las naves que se aventuraban más allá del Golfo de Vizcaya.

Para fines del Siglo XVII la industria ballenera vasca había llegado a su fin, al tiempo que ingleses y holandeses comenzaron a combatir por el dominio de los caladeros, hasta llegar a un acuerdo: Inglaterra faenaría en el Atlántico al Oeste de sus costas, mientras Holanda lo haría al Norte, en el Mar de Noruega y el Mar de Groenlandia.

Para inicios del Siglo XVIII la avaricia de los hombres había tenido un serio efecto sobre la población de las ballenas francas. Es que mientras los vascos faenaban solo en otoño, durante la migración anual, ingleses y holandeses las atacaron durante todo el año, en sus áreas de alimentación y de reproducción, dañando la biomasa y su capacidad de recuperación…Pero, por esos años, los balleneros vascos llevaban ya un siglo ausentes de la faena.

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